la tecnología en nuestras vidas

Rasgos humanos en peligro (I)


La cabeza de la niña apenas llega a la cintura de su madre, a quien abraza con fuerza mientras viajan en un ferry hacia la isla donde pasarán las vacaciones. Sin embargo, la madre apenas parece notar su presencia. Está absorta en su iPad.

 

Unos minutos después subo a un taxi compartido con nueve monjas que hacen una excursión de fin de semana. No bien ocupan sus asientos, se encienden luces; cada una de las monjas mira su iPhone o su tablet. Surgen algunos diálogos triviales mientra envían mensajes de texto o visitan Facebook. pero mayormente reina el silencio.

 

La indiferencia de esa madre  el silencio de las monjas son síntomas de la manera en que la tecnología captura nuestra atención y perturba nuestras relaciones. En 2006 ingresó en nuestro léxico la palabra “puzzled”, una combinación de “puzzled” (desconcertado) y “ pissed off “ (furioso) que expresa la sensación de una persona cuando su interlocutor saca a relucir su teléfono y comienza a conversar con otros. por entonces, la gente se sentía herida e indignada ante esa situación. Hoy es lo normal.

 

Los adolescentes, la vanguardia de nuestro futuro, son el epicentro. En los primeros años de esta década mensualmente sus mensajes de texto sumaban 3417, lo cual duplica la cantidad registrada pocos años antes. Simultáneamente, el tiempo que dedicaban a conversaciones telefónicas disminuía. El adolescente estadounidense promedio recibe y envía más de cien mensajes de texto por día, alrededor de diez por cada hora que permanece despierto. He visto a un niño enviando mensajes de texto mientras montaba su bicicleta.

 

“Hace tiempo visité a unos primos en New Jersey. Sus hijos tenían cuanto aparato electrónico se pueda imaginar. no pude ver más que sus coronillas. Revisaban constantemente sus iPhones en busca de mensajes de texto o novedades en Facebook, o bien se sumergían en algún videojuego. Estaban totalmente ausentes de lo que ocurría a su alrededor, ignoraban cómo relacionarse con otra persona durante cierto lapso”, me reveló un amigo.

 

Los niños de hoy crecen en una nueva realidad, donde están en sintonía con máquinas en lugar de personas. Algo desconocido hasta ahora en la historia de la humanidad,  que es preocupante por varios motivos. por una parte, el circuito social y emocional del cerebro de un niño aprende del contacto y la conversación con las personas con que se encuentra a lo largo de un día. Esas interacciones modelan el circuito cerebral. Cuantas menos sean las hora que comparte con otros y más las que dedica a observar una pantalla digital, los déficits será previsibles.

 

Toda esa dedicación a los dispositivos digitales implica una merma en el tiempo compartido con otras personas, que es nuestro modo de aprender a “leer” el lenguaje no verbal. la nueva camada nacida en este mundo digital es diestra para manejar el teclado pero torpe para decodificar “cara a cara” una actitud. En particular, para percibir la desazón de sus interlocutores cuando interrumpen un diálogo para leer un mensaje de texto.

 

Un estudiante universitario observa la soledad y el aislamiento que implica vivir en un mundo virtual de tuits, actualizaciones de estado y “postear fotos de mi cena”. Nota que  sus compañeros están perdiendo la capacidad de conversar, y más aún cuando se trata de discusiones espirituales que enriquecen los años de estudiante. Afirma que “ no hay posibilidad de disfrutar de un cumpleaños, un concierto, o una fiesta sin que nos tomemos un tiempo para apartarnos de lo que estamos haciendo y asegurarnos de que las personas que conforman nuestro mundo digital sepan al instante cuánto nos divertimos”.

 

Daniel Goleman

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